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viernes, 21 de marzo de 2014

Un café solo, pero solo de verdad

Hasta hace un par de años cuando iba a una cafetería a pedir un café sólo me guiaba por el gusto. En esta cafetería me gusta el café y en esta no. Solía coincidir que el café que menos me gustaba era el que más torrefacto tenía, mucho amargor y poco sabor, pero nada más. 

Cuando empecé con la dieta paleo, antes de pedir empecé a preguntar si el café que utilizaban era natural o mezcla con torrefacto. Al ir bajando la cantidad de azúcar que añadía al café el torrefacto se volvió directamente insoportable, además de que tomar azúcar tan quemado que está negro y amarga no es precisamente lo mejor para la salud. 

Esto es café, café

Lo malo es que cuando uno se empieza a encontrar bien el límite del daño que soporta estoicamente baja, y ha llegado un momento en que ni siquiera me sirve ya esa manera de elegir el café. 

Cuando vas a una cafetería, te aseguras de que el café es natural, le añades la menor cantidad posible de azúcar, te lo bebes y notas que el sabor es de aceptable a bueno pero, desde la hora siguiente hasta dos días después notas molestias en el estómago y el intestino, te preguntas qué llevaba el café que no era café.

Ahora ya sólo tomo café en casa y me he comprado un termo. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

He pecado

Ya sé que seguir una dieta, y menos la paleodieta, no es una religión pero en ocasiones lo siento así: pecadora. Debe ser reminiscencias de mi educación católica. ¿Y cuándo ocurre? No el sábado pasado, cuando me comí una rebanada de pan con los aperitivos en la celebración del cumpleaños de mi suegro, ni tampoco en Semana Santa, cuando me comí una torrija hecha por mi madre, ni siquiera cuando compré un paquete de galletas con chocolate negro y sin gluten porque estaban de oferta (las guardo para Navidad). No me siento culpable cuando decido comer algo de fuera de la dieta precisamente porque es una decisión. Decido el qué, el cuánto y el cuándo. ¿Entonces? 

domingo, 30 de junio de 2013

Sólo una hipótesis

En el año que hace que hago dieta paleo me la he saltado menos de diez veces y, aunque yo no soy celíaca, casi siempre he elegido hacerlo con legumbres o cereales sin gluten. Sólo tres veces he tomado productos con gluten, dos de ellas con nefastas consecuencias pero una no tanto. Y, como siempre, me pregunto el porqué de esa diferencia.

La primera vez que tomé gluten fue la pasada Semana Santa. No pude resistirme y me comí una torrija casera hecha por mi madre. Consecuencia: la peor migraña que he tenido en años.

Las otras dos veces han sido este último par de semanas y por eso las puedo comparar bien. En este caso las consecuencias han sido solamente digestivas, o al menos es lo que yo he notado.

viernes, 5 de abril de 2013

¿Cuánto hace que no tienes hambre?

Una de las sensaciones más fantásticas que me ha proporcionado la paleodieta es sentir hambre y saciarla y no me había dado cuenta hasta esta pasada Semana Santa, cuando dejé de sentirla.

Mi horario de comidas habitual es un desayuno abundante a las 7:30, un pequeño tentempié (unas nueces o un par de filetes de jamón serrano) a las 14:00 y la comida principal a las 16:00. Y paso las siguientes 15 horas y media sin comer nada. Así que cuando me levanto cada día y me siento delante del plato del desayuno disfruto cuando sacio mi hambre real.

En Semana Santa me tocó socializar con la familia y adaptarme a sus horarios además de a mi remolonería propia de las vacaciones. Durante cuatro días desayuné a las 10:00, comí a las 14:30 y cené a las 21:30. Apenas 12 horas de ayuno cada noche. Y, aunque intenté saltarme la dieta lo menos posible, entre una debilidad mía (una solitaria torrija= trigo+leche+azúcar) y las comidas colectivas (garbanzos, judías verdes, arroz) estuve durante los cuatro días con una sensación de saciedad perenne. Además de que volví a sentir unas molestias en el estómago que hacía casi un año que habían desaparecido, justo cuando comencé con la dieta paleo.

Han pasado tres días en los que he seguido la dieta a rajatabla, incluso sin la miseria de azúcar que suelo poner en el té, y aún no recupero mi hambre. Y este fin de semana toca viaje otra vez…

A veces pienso que cómo he tardado tantos años en sentirme así de bien, cómo he podido considerar normal cada uno de esos pequeños síntomas, pesadeces e inconvenientes. Cómo el resto del mundo sigue sintiéndolos y creyendo que no están ahí.

Echo de menos el hambre de cada mañana, la sensación de ligereza cuando me muevo, las digestiones sin sueño, el poder pasar horas sin comer y sin la necesidad de saltar sobre una galleta… Y todo eso sólo después de 4 días.